Libro XII · Capítulo 17
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 2
¿Y qué si algún otro dijese que la naturaleza invisible y la visible, no, cierto, impropiamente son denominadas el cielo y la tierra; y, por tanto, toda la creación que Dios hizo en la Sabiduría y en el Principio está comprendida en estas dos palabras?; pero, sin embargo, como todas las cosas fueron hechas, no de la sustancia de Dios, sino de la nada –porque no son lo mismo que Dios, y hay en todas ellas alguna mutabilidad, sea que permanezcan como la eterna Casa de Dios [los ángeles], sea que se muden, como el alma y el cuerpo del hombre–, por eso la materia común de todas las cosas, invisibles y visibles, materia todavía informe, pero ciertamente formable, de donde debían hacerse el cielo y la tierra, es decir, la creación invisible y la visible, una y otra ya formadas, fue designada con aquellos nombres, apellidándose tierra invisible e incompuesta, y tinieblas sobre el abismo, con esta distinción: que por tierra invisible e incompuesta se entienda la materia corpórea, antes de toda cualidad de forma; y por tinieblas sobre el abismo, la materia espiritual [los ángeles], antes de serle cohibida cierta no moderada fluidez, y de ser iluminada por la Sabiduría.
26. Cabe todavía otra interpretación, si alguno la prefiere; es, a saber: Cuando se lee ‘En el principio hizo Dios el cielo y la tierra’, por el nombre del cielo y la tierra no se significan las naturalezas invisibles y visibles, ya acabadas y formadas, sino que por aquellos nombres se designa la misma incoación, todavía informe, de las cosas, la materia formable y creable, porque en ella estaban ya, confusas todavía, no distintas por cualidades y formas, estas cosas que ahora distribuidas en sus órdenes, se llaman El cielo y la tierra: aquél, creación espiritual; ésta, corporal.
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