Libro XII · Capítulo 26
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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36. Y, con todo, yo, Dios mío, Excelsitud de mi bajeza y descanso de mi trabajo, que oís mis confesiones y perdonáis mis pecados, no puedo creer de vuestro fidelísimo siervo Moisés menos de aquel don que yo hubiera querido y deseado me otorgaseis, si hubiera nacido al tiempo que él nació, y me hubieseis colocado en tal lugar, que por ministerio de mi corazón y de mi lengua fuesen comunicados aquellos Libros que después habían de ser de tanto provecho a todas las gentes, y con tan encumbrada autoridad habían de prevalecer por el orbe universo sobre todas las palabras del orgullo y de la mentira.
Porque quisiera, si yo entonces hubiera sido Moisés –puesto que todos venimos de la misma masa (Rom., 9, 21) y ¿qué es el hombre sino porque Vos os acordáis de él? (Ps., 8, 5)–, quisiera, pues, si entonces fuera yo lo que él, y Vos me hubieseis encargado de escribir el libro del Génesis, que me fuese dada tal facultad de decir y tal modo de componer las palabras, que, por una parte, los que no pueden todavía entender de qué manera crea Dios, no rechazasen mis asertos como superiores a sus alcances, y por otra, los que ya pueden entenderlo, cualquiera sentencia verdadera a que hubiesen llegado con su pensamiento, no la encontrasen preterida en las breves palabras de tu siervo; y si otro en la luz de la Verdad viese otra distinta, tampoco ésta dejase de estar en aquellas palabras entendida.
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