Libro XII · Capítulo 27
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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37. Porque así como la fuente en reducido espacio es más abundante y por muchos arroyuelos suministra corriente a más dilatados espacios, que cada uno de estos arroyuelos, que desde la misma fuente por muchos lugares se desliza, así la narración de vuestro dispensador (Moisés), que a muchos predicadores había de aprovechar, en escaso número de palabras mana raudales de verdad cristalina, de donde cada cual, lo verdadero que puede, éste esto, aquél aquello, derívalo para sí por largos rodeos de lenguaje.
Porque los unos, cuando aquellas palabras leen o escuchan, se imaginan que Dios, como si fuese un hombre o un poder dotado de inmensa mole, con un nuevo y repentino querer produjese fuera de sí mismo, como en lugares distantes, el cielo y la tierra, el uno superior e inferior la otra, en los cuales se contienen todas las cosas. Y cuando oye: «Dijo Dios: Hágase tal cosa; y se hizo tal cosa», se representan palabras que sonaron un tiempo y pasaron, y después de pasadas, al instante existió lo que se ordenó que existiese. Y se imaginan tal vez otras cosas por el estilo, conforme a su familiaridad con la carne. En los cuales, todavía pequeñuelos animalitos, mientras en este humildísimo género de palabras, como en el regazo de una madre, es llevada su debilidad, saludablemente se edifica la fe con que tienen por cierto y retienen que Dios hizo todas las naturalezas que en derredor contemplan sus sentidos con maravillosa variedad. Y si alguno de ellos, como desdeñoso de la trivialidad de aquellas sentencias, con soberbia imbecilidad, se abalanza fuera de la cuna que le nutre, ¡ay!, caerá el miserable; y apiadaos de él, Señor Dios, para que los transeúntes no pisoteen al polluelo implume, y enviad vuestro ángel que torne a ponerle en el nido, para que viva hasta que vuele.
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