Libro XII · Capítulo 28
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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38. Mas otros, para quienes estas palabras [de Moisés] son, no ya nido, sino arboledas sombrías, ven en ellas frutos escondidos y revolotean alegres y gorjean escudriñándolos y les echan mano. Porque cuando leen y oyen estas palabras vuestras, Dios eterno, echan de ver que todos los tiempos pasados y futuros son superados por vuestra estabilidad permanente, y, sin embargo, nada hay en la creación temporal que no lo hayáis hecho Vos; que por ser vuestra voluntad una misma cosa con Vos, sin mudarse de ningún modo, ni nacer en Vos algún querer que antes no existiese, hicisteis todas las cosas: no sacando de Vos una semejanza vuestra, forma de todas, sino formando de la nada una desemejanza informe, que sería formada por vuestra semejanza, retornando a Vos Uno a proporción de su ordenada capacidad, cuando a cada una de las cosas en su género le ha sido dado, y así llegarían a ser todas las cosas sobre manera buenas (Gen., 1, 31), tanto las que cerca de Vos permanecen fijas [los ángeles], como las que, separadas por una distancia gradualmente mayor, hacen o padecen por los tiempos y lugares hermosas transformaciones. Esto ven, y se gozan en la luz de vuestra verdad lo poquito que pueden.
39. Y uno de ellos repara en lo que está dicho: En el principio hizo Dios..., y reconoce a la Sabiduría en este principio, pues también ella nos habla (Jn., 8, 14): y otro igualmente en las mismas palabras y por el principio entiende el comienzo de las cosas creadas y lo interpreta así: En el principio hizo; como si dijese: Primeramente hizo...
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