Libro XII · Capítulo 29
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 3
Después, ¿quién tendrá tan aguda la vista del espíritu, que sin gran trabajo pueda distinguir cómo «primero» es el sonido que el canto, por razón de que el canto es un sonido «formado», y una cosa puede existir «no formada», mas lo que no es no puede formarse? Así, «primero» es la materia que lo que de ella se hace; «primero», no porque sea ella quien hace, pues más bien es hecha. Tampoco es «primero» por intervalo de tiempo; porque no emitimos en un primer tiempo los sonidos informes sin canto, y en otro tiempo posterior los adaptamos y amoldamos a la forma de cántico, como se trabajan las tablas o la plata de que se fabrica el arca o la copa; porque estas materias preceden en el tiempo a las formas de las cosas que de ellas se hacen. Pero en el canto no es así; porque su «sonido» se oye a la vez que se canta. Porque lo que primeramente de cualquier modo hubiere «sonado», pasa, y nada de ello encontramos para, volviendo a tomarlo, adaptarlo a las reglas del arte. Y por ende, el canto consiste en su sonido; este sonido suyo es su materia, pues él es el que recibe la forma para ser canto.
Y por eso –como yo decía–, «primero» es la materia del sonar que la forma del cantar: «primero», no por potencia eficiente, pues el sonido no es el artífice del cantar, sino que, procedente del cuerpo, está sujeto al alma que canta para que de él haga el canto. Ni «primero» en tiempo, pues simultáneamente con el canto es emitido. Ni «primero» en la intención, porque no es mejor el sonido que el canto, puesto que el canto es no solamente sonido, sino lindo sonido. Pero es «primero» en origen, porque no recibe forma el canto para ser sonido, sino el sonido recibe forma para ser canto.
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