Libro XII · Capítulo 32
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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43. Finalmente, Señor, que sois Dios, y no carne y sangre, si algún sentido no vio Moisés, ¿Acaso también a vuestro Espíritu bueno que me conducirá a la tierra llana (Ps., 142, 10) pudo ocultársele nada de cuanto en aquellas palabras Vos mismo habíais de revelar a los venideros que las leyesen, aunque Aquél por quien fueron escritas pensase quizá en una sola entre muchas verdaderas sentencias? Y si esto es así, téngase, pues, la que él pensó por la más excelsa entre todas; mas a nosotros, Señor, mostradnos o aquella misma u otra verdadera que os plazca; de suerte que, ora nos descubráis la misma que a aquel varón vuestro, ora alguna otra con ocasión de aquellas mismas palabras, seáis Vos quien nos apacentéis, no nos engañe el error.
¡Ved aquí, Señor, Dios mío, cuántas cosas he escrito, cuántas cosas –perdonadme–, sobre tan pocas palabras! A este tenor, ¿qué fuerzas, qué tiempo me bastará para explanar todos vuestros Libros? Permitidme, pues, que en ellos os confiese más brevemente, y que elija una sola cosa que Vos me inspirareis, verdadera, cierta y buena, aunque se ofrezcan muchas donde muchas podrán ofrecerse; y con tal fidelidad de mi confesión, que si yo acertara a decir lo que sintió vuestro ministro, ¡bien, magnífico!, pues a eso me debo esforzar; mas si no lo alcanzare, diga yo al menos lo que por aquellas palabras quisiere decirme vuestra Verdad, que también a Moisés le dijo lo que quiso.
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