Santos Apóstoles · Kindle

Libro XIII · Capítulo 14

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 1 de 2

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15. También yo digo: Dios mío, ¿dónde estáis? He aquí que donde Vos estáis respiro un poquito en Vos, cuando derramo mi alma sobre mí con voz de alborozo y alabanza, sonido de quien celebra fiesta (Ps., 41, 6). Y todavía está triste porque torna a caer y se convierte en abismo o, mejor, siente que todavía es abismo. Dícele mi fe, que encendisteis Vos en la noche delante de mis pasos: ¿Por qué estás triste, alma mía, y por qué me conturbas? Espera en el Señor (Ps., 41, 6); antorcha para mis pies es su palabra (Ps., 118, 115). Espera y persevera, hasta que pase la noche, madre de los malhechores: hasta que pase la ira del Señor (Isai., 26, 20), de la cual fuimos hijos (Efes., 2, 3) también nosotros, fuimos algún tiempo tinieblas (ibi., 5, 8), cuyos residuos arrastramos en el cuerpo, muerto por el pecado (Rom., 8, l0), hasta que refresque el día y huyan las sombras (Cant., 2, 17). Espera en el Señor: de mañana me presentaré y veré la salud de mi rostro (l.c.), que vivificará nuestros cuerpos mortales por el Espíritu que habita en nosotros (Rom., 8, 11); porque sobre nuestro interior tenebroso e inestable misericordiosamente se cernía. De Él en esta peregrinación hemos recibido prendas (2 Cor., 1, 22) para que seamos ya luz (Efes., 5, 8), mientras todavía en esperanza somos salvos (Rom., 8, 24) e hijos de la luz, e hijos del día, no hijos de la noche ni de las tinieblas (1 Tesal., 5, 5), como, sin embargo, hemos sido. Entre ellos y nosotros, en la actual incertidumbre del humano conocimiento, sólo Vos ponéis división, Vos, que probáis nuestros corazones (ib., 24) y llamáis a la luz día y a las tinieblas noche (Gen., 1, 5). Porque ¿quién es el que nos discierne, sino Vos? ¿Qué tenemos que no lo hayamos recibido de Vos (1 Cor., 4, 7), nosotros,

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