Libro I · Capítulo 3
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
De la doctrina de la Verdad
Tramo 1 de 3
[1] Bienaventurado aquel a quien la Verdad por sí misma enseña, no por figuras y voces que se pasan, sino así como es.
Nuestra estimación y nuestro sentimiento a menudo nos engañan y conocen poco.
¿Qué aprovecha la gran curiosidad de saber cosas oscuras y ocultas, pues que del no saberlas no seremos en el día del juicio reprendidos?
Gran locura es que, dejadas las cosas útiles y necesarias, entendemos con gusto en las curiosas y dañosas. Verdaderamente, teniendo ojos, no vemos.
¿Qué se nos da de los géneros y especies de los lógicos?
Aquel a quien habla el Verbo eterno, de muchas opiniones se desembaraza.
De este Verbo salen todas las cosas. Y todas predican este Uno, y este es el «Principio que nos habla» (Jn 8,25).
Ninguno entiende o juzga sin él rectamente.
Aquel a quien todas las cosas le fueren uno, y las trajere a uno, y las viere en uno, podrá ser estable y firme de corazón y permanecer pacífico en Dios.
¡Oh Dios, que eres la Verdad! Hazme permanecer uno contigo en caridad perpetua.
Enójame muchas veces leer y oír muchas cosas; en ti está todo lo que quiero y deseo.
Callen todos los doctores; callen las criaturas en tu presencia: háblame tú solo.
[2] Cuanto alguno fuere más unido contigo, y más sencillo en su corazón, tanto más y mayores cosas entiende sin trabajo, porque de arriba recibe la luz de la inteligencia.
El espíritu puro, sencillo y constante no se distrae, aunque entienda en muchas cosas, porque todo lo hace a honra de Dios; y esfuérzase a estar desocupado en sí de toda curiosidad.
¿Quién más te impide y molesta que la afición de tu corazón no mortificada?
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