Libro I · Capítulo 20
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Del amor a la soledad y al silencio
Tramo 1 de 3
[1] Busca tiempo a propósito para estar contigo y piensa a menudo en los beneficios de Dios.
Deja las cosas curiosas; lee tales materias que te den más compunción que ocupación.
Si te apartares de conversaciones superfluas y de andar ocioso y de oír noticias y murmuraciones, hallarías tiempo suficiente y a propósito para entregarte a santas meditaciones.
Los mayores santos evitaban cuanto podían la compañía de los hombres, y elegían el vivir para Dios en su retiro.
[2] ¡Dijo uno: «Cuantas veces estuve entre los hombres volví menos hombre»
[2]. Lo cual experimentamos cada día cuando hablamos mucho.
Más fácil cosa es callar siempre que hablar sin errar.
Más fácil es encerrarse en su casa que guardarse del todo fuera de ella.
Por eso, al que quiere llegar a las cosas interiores y espirituales, le conviene apartarse con Jesús de la gente.
Ninguno se muestra seguro en público, sino el que se esconde voluntariamente.
Ninguno habla con acierto, sino el que calla de buena gana.
Ninguno preside dignamente, sino el que se sujeta con gusto.
Ninguno manda con razón, sino el que aprendió a obedecer sin replicar.
[3] Nadie se alegra, seguramente, sino quien tiene el testimonio de la buena conciencia.
Pues la seguridad de los santos siempre estuvo llena de temor divino.
Ni por eso fueron menos solícitos y humildes en sí, aunque resplandecían en grandes virtudes y gracias.
Pero la seguridad de los malos nace de la soberbia y presunción, y al fin se convierte en su mismo engaño.
Nunca te tengas por seguro en esta vida, aunque parezcas buen religioso o devoto ermitaño.
[4] Los muy estimados por buenos, muchas veces han caído en graves peligros por su mucha confianza.
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