Santos Apóstoles · Kindle

Libro I · Capítulo 22

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

Consideración de la miseria humana

Tramo 1 de 3

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[1] Miserable serás dondequiera que fueres y dondequiera que te volvieres si no te conviertes a Dios.

¿Por qué te turbas de que no te sucede lo que quieres y deseas? ¿Quién es el que tiene todas las cosas a medida de su voluntad? Por cierto, ni yo, ni tú, ni hombre alguno sobre la tierra.

No hay hombre en el mundo sin tribulación o angustia, aunque sea rey o papa.

Pues, ¿quién es el que está mejor? Ciertamente, el que puede padecer algo por Dios.

[2] Dicen muchos flacos e imperfectos: ¡Mirad cuán buena vida tiene aquel hombre! ¡Cuán rico! ¡Cuán poderoso y ensalzado!

Mas tú levanta la atención a los bienes del cielo, y verás que todas estas cosas temporales nada son, sino muy inciertas y gravosas, porque nunca se poseen sin cuidado y temor.

No está la felicidad del hombre en tener abundancia de lo temporal; bástale una medianía.

Verdadera miseria es vivir en la tierra.

Cuanto más espiritual quiere ser el hombre, tanto más amarga le será la vida, porque siente mejor y ve más claro los defectos de la corrupción humana.

Porque comer, beber, velar, dormir, reposar, trabajar y estar sujeto a toda necesidad natural, en verdad es grandísima miseria y pesadumbre al hombre devoto, el cual desea ser desatado de este cuerpo y libre de toda culpa.

[3] Porque el hombre interior está muy agravado con las necesidades corporales de este mundo; por eso ruega devotamente el profeta verse libre de ellas, diciendo: «Líbrame, Señor de mis necesidades» (Sal 24,17).

Mas, ¡ay de los que no conocen su miseria!, y mucho más, ¡ay de los que aman esta miserable y corruptible vida!

Porque hay algunos tan abrazados con ella, que aunque con mucha dificultad, trabajando o mendigando, tengan lo necesario, que si pudiesen vivir aquí siempre no cuidarían del reino de Dios.

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