Libro II · Capítulo 9
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Del carecer de todo consuelo
Tramo 2 de 3
[4] Así, cuando Dios te diere la consolación espiritual, recíbela con hacimiento de gracias; mas entiende que es don de Dios y no merecimiento tuyo.
No te engrías, no te alegres demasiado, ni presumas vanamente mas humíllate por el don recibido y sé más avisado y temeroso en todas tus obras, porque se pasará aquella hora y vendrá la tentación.
Cuando te fuere quitada la consolación, no desesperes luego; mas espera con humildad y paciencia la visitación celestial, porque poderoso es Dios para tornarte mucha mayor consolación.
Esto no es cosa nueva ni ajena de los que han experimentado el camino de Dios, porque en los grandes santos y antiguos profetas acaeció muchas veces esta manera de mudanza.
[5] Por esto decía uno cuando tenía presente la gracia: «Yo dije en mi abundancia: No seré movido para siempre» (Sal 29,7). Pero ausente la gracia, añade lo que experimentó en sí, diciendo: «Apartaste de mí tu rostro y fui lleno de turbación» (Sal 30,8).
Mas, por cierto, entre estas cosas no desespera, sino con mayor instancia ruega a Dios y dice: «A ti, Señor, llamaré, y a mi Dios rogaré» (Sal 29,9). Y al fin alcanza el fruto de su oración, y confía ser oído, diciendo: «Oyóme el Señor y tuvo misericordia de mí; el Señor es hecho mi ayudador» (Sal 29,11).
Mas, ¿en qué? «Volviste –dice– mi llanto en gozo y cercásteme de alegría» (Sal 29,12).
Y si así se hizo con los grandes santos, no debemos nosotros, enfermos y pobres, desconfiar si a veces estamos en fervor, y a veces tibios y fríos.
Porque el espíritu se viene y se va según la divina voluntad.
Por eso dice el bienaventurado Job: «Visítasle en la mañana, y súbitamente le pruebas» (Job 7,18).
[6] Pues, ¿sobre qué puedo esperar, o en quién debo confiar, sino solamente en la gran misericordia de Dios y en la esperanza de la gracia celestial?
Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.