Libro II · Capítulo 11
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Cuán pocos son los que aman la cruz de Cristo
Tramo 1 de 2
[1] Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su reino celestial, mas muy pocos que lleven su cruz.
Tiene muchos que desean la consolación y muy pocos que quieran la tribulación.
Muchos compañeros halla para la mesa y pocos para la abstinencia.
Todos quieren gozar con Él, mas pocos quieren sufrir algo por Él.
Muchos siguen a Jesús hasta el partir del pan, mas pocos hasta beber el cáliz de la pasión.
Muchos honran sus milagros, mas pocos siguen el vituperio de la cruz.
Muchos aman a Jesús cuando no hay adversidades.
Muchos lo alaban y bendicen en el tiempo que reciben de Él algunas consolaciones; mas si Jesús se esconde y los deja un poco, luego se quejan o se abaten demasiado.
[2] Mas los que aman a Jesús por el mismo Jesús, y no por algún propio consuelo, bendícenle en toda tribulación y angustia del corazón, como en el mayor consuelo.
Y aunque nunca más los quisiese consolar, siempre lo alabarían y le querrían dar gracias.
¡Oh, cuánto puede el amor puro de Jesús, sin mezcla del propio provecho o amor!
¿No se pueden llamar propiamente mercenarios los que siempre buscan consolaciones?
¿No se aman a sí mismos más que a Cristo los que de continuo piensan en sus provechos y ganancias?
¿Dónde se hallará alguno tal que quiera servir a Dios de balde?
[3] Pocas veces se halla ninguno tan espiritual que esté desnudo de todas las cosas.
Pues, ¿quién hallará al verdadero pobre de espíritu y desnudo de toda criatura?
«Es tesoro inestimable y de lejanas tierras» (Prov 31,10).
Si el hombre diere su hacienda toda, aún no es nada.
Si hiciere gran penitencia, aún es poco.
Aunque tenga toda la ciencia, aún está lejos; y si tuviere gran virtud y muy ferviente devoción, aún le falta mucho; le falta la cosa que le es más necesaria.
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