Santos Apóstoles · Kindle

Libro III · Capítulo 3

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

Que las palabras de Dios se deben oír con humildad, y muchos no las consideran como deben

Tramo 1 de 3

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Jesucristo.– [1] Oye, hijo, mis palabras, palabras suavísimas, que exceden toda la ciencia de los filósofos y sabios de este mundo.

«Mis palabras son espíritu y vida» (Jn 6,64) y no se pueden ponderar por la razón humana. No se deben traer para vana complacencia sino oírse en silencio y recibirse con toda humildad y grande afecto.

El alma.– Y dije yo: «Bienaventurado aquel a quien tú, Señor, instruyeres, y a quien mostrares tu ley, porque lo guardes de los días malos» (Sal 93,12), y no sea desamparado en la tierra.

Jesucristo.– [2] Yo –dice Dios– enseñé a los profetas desde el principio, y no ceso de hablar a todos hasta ahora; pero muchos son duros y sordos a mi voz.

Muchos oyen con más gusto al mundo que a Dios, y más fácilmente siguen el apetito de su carne que el beneplácito divino.

El mundo promete cosas temporales y pequeñas, y con todo eso le sirven con grande ansia. Yo prometo cosas grandes y eternas, y entorpécense los corazones de los mortales.

¿Quién me sirve a mí y obedece en todo con tanto cuidado como al mundo y a sus señores se sirve? «Avergüénzate Sión, dice el mar» (Is 23,4). Y si preguntas la causa, oye el porqué.

[3] Por un pequeño beneficio van los hombres largo camino, y por la vida eterna, con dificultad muchos levantan una vez el pie del suelo.

Buscan los hombres viles ganancias; por una moneda pleitean a las veces torpemente; por cosas vanas, y por una corta promesa, no temen fatigarse de día y de noche.

Mas, ¡oh vergüenza!, que emperezan de fatigarse un poco por el bien que no se muda, por el galardón que es inestimable y por la suma gloria sin fin.

Avergüénzate, pues, siervo perezoso y quejumbroso, de que aquellos se hallen más dispuestos para la perdición que tú para la vida.

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