Libro III · Capítulo 5
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Del maravilloso efecto del divino amor
Tramo 1 de 3
El alma.– [1] Bendígote, Padre celestial, Padre de mi Señor Jesucristo, que tuviste por bien acordarte de este pobre.
¡Oh «Padre de las misericordias y Dios de toda consolación»! (2Cor 1,3).
Gracias te doy porque a mí, indigno de todo consuelo, algunas veces recreas con tu consolación.
Bendígote siempre y te glorifico con tu Unigénito Hijo, y con el Espíritu Santo consolador, por los siglos de los siglos.
¡Oh Señor Dios, amador santo mío! Cuando tú vinieres a mi corazón se alegrarán todas mis entrañas.
«Tú eres mi gloria y la alegría de mi corazón» (Sal 3,4). «Tú eres mi esperanza y mi refugio en el día de mi tribulación» (Sal 58,17).
[2] Mas porque aún soy débil en el amor e imperfecto en la virtud, por eso tengo necesidad de ser fortalecido y consolado por ti.
Por eso, visítame, Señor, más veces e instrúyeme con santas doctrinas; líbrame de mis malas pasiones; sana mi corazón de todas mis aficiones desordenadas; porque sano y bien purificado en lo interior, sea apto para amar, fuerte para sufrir y firme para perseverar.
[3] Jesucristo.– Gran cosa es el amor; bien sobre manera grande; él solo hace ligero todo lo pesado y lleva con igualdad todo lo desigual.
Pues lleva la carga sin carga y hace dulce y sabroso todo lo amargo.
El amor noble de Jesús nos impulsa a hacer grandes cosas y nos mueve a desear siempre lo más perfecto.
El amor quiere estar arriba y no ser detenido de ninguna cosa baja.
El amor quiere ser libre y ajeno de toda afición mundana, porque no se impida su vida interior ni se embarace en ocupaciones de provecho temporal o caiga por algún daño.
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