Libro III · Capítulo 20
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
De la confesión de la propia flaqueza y de las miserias de esta vida
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Y con todo esto, se ama, y muchos la quieren para deleitarse en ella.
Muchas veces nos quejamos de que el mundo es engañoso y vano; mas no por eso lo dejamos fácilmente, porque los apetitos sensuales nos señorean demasiado.
Unas cosas nos incitan a amar al mundo y otras a despreciarlo.
Nos incitan a amarlo «el deseo de la carne, el deseo de los ojos y la soberbia de la vida» (Jn 2,16); pero las penas y miserias que justamente les siguen, causan tedio y aversión al mundo.
[5] Pero, ¡oh dolor!, que vence el mal deleite al alma entregada al mundo, y tiene por gusto estar envuelta en espinas, porque ni vio ni gustó la suavidad de Dios, ni el interior gozo de la virtud.
Mas los que perfectamente desprecian al mundo y trabajan en vivir para Dios en santa observancia, saben que está prometida la divina dulzura a quien de veras se renunciare, y ven más claro cuan gravemente yerra el mundo y de muchas maneras se engaña.
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