Libro III · Capítulo 21
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Que se ha de descansar en Dios sobre todos los bienes
Tramo 1 de 3
El alma.– [1] Alma mía, descansa sobre todas las cosas siempre en Dios, que es el eterno descanso de los santos.
Concédeme tú, dulcísimo y amantísimo Jesús, que descanse en ti sobre todas las cosas creadas:
Sobre tu salud y hermosura; sobre toda gloria y honra.
Sobre todo poder y dignidad; sobre toda ciencia y sutileza.
Sobre todas las riquezas y artes; sobre toda alegría y gozo.
Sobre toda fama y alabanza; sobre toda suavidad y consolación.
Sobre toda esperanza y promesa, sobre todo merecimiento y deseo.
Sobre todos los dones y regalos que puedes dar e infundir; sobre todo gozo y dulzura que el alma puede recibir y sentir.
En fin, sobre todos los ángeles y arcángeles, y sobre todo el ejército celestial.
Sobre todo lo visible e invisible, y sobre todo lo que no eres tú, Dios mío.
[2] Porque tú, Señor, Dios mío, eres bueno sobre todo:
Tú solo, altísimo.
Tú solo, potentísimo.
Tú solo, suficientísimo y llenísimo.
Tú solo, suavísimo y agradabilísimo.
Tú solo, hermosísimo y amantísimo.
Tú solo, nobilísimo y gloriosísimo sobre todas las cosas, en quien están, estuvieron siempre y estarán todos los bienes junta y perfectamente.
Por eso es poco y no basta cualquier cosa fuera de ti que me das o prometes o me descubres de ti mismo, no viéndote ni poseyéndote cumplidamente.
Porque no puede mi corazón descansar verdaderamente y contentarse del todo, si no descansa en ti, trascendiendo todos los dones y todo lo creado.
[3] ¡Oh Esposo mío, amadísimo Jesucristo, amador purísimo, Señor de todas las criaturas! ¿Quién me dará alas de verdadera libertad para volar y descansar en ti?
¡Oh! ¿Cuándo me será concedido ocuparme en ti cumplidamente y ver cuán suave eres, Señor, Dios mío?
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