Santos Apóstoles · Kindle

Libro III · Capítulo 22

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

De la memoria de los innumerables beneficios de Dios

Tramo 2 de 2

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[4] Por eso, Señor Dios, tengo también por grande beneficio no tener muchas prendas de las cuales se siga alabanza y honra entre los hombres; de modo que cualquiera que considere la pobreza y vileza de su persona no sólo no recibirá pesadumbre, ni tristeza, ni abatimiento, sino más bien consuelo y grande alegría.

Porque tú, Dios, escogiste para familiares y domésticos tuyos a los pobres, bajos y despreciados de este mundo.

Testigos son tus mismos apóstoles, a quienes «constituiste príncipes sobre toda la tierra» (Sal 44,17).

Mas conversaron en el mundo sin queja, y fueron tan humildes y sencillos, tan sin malicia ni fraude, que «se alegraban de padecer injurias por tu nombre» (He 5,41), y abrazaban con grande afecto lo que el mundo aborrece.

[5] Por eso ninguna cosa debe alegrar tanto al que te ama y reconoce tus beneficios, como tu voluntad para con él y el beneplácito de tu eterna disposición.

Lo cual le ha de contentar y consolar de manera que quiera tan voluntariamente ser el menor de todos, como desearía otro ser el mayor.

Y tan pacífico y contento debe estar en el último lugar como en el primero, y tan de buena gana ser despreciado y desechado, y no tener nombre y fama, como si fuese el más honrado y mayor del mundo.

Porque tu voluntad y el amor de tu honra ha de ser sobre todas las cosas; y esto le ha de consolar y contentar más que todos los beneficios recibidos o que pueda recibir.

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