Libro III · Capítulo 27
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Que el amor propio nos estorba mucho el bien eterno
Tramo 2 de 2
Dame que la virtud se robustezca en mi interior y mi corazón se desocupe de toda inútil solicitud y congoja, y que no me lleven tras sí tan varios deseos por cualquier cosa vil o preciosa, sino que las mire todas como pasajeras, y a mí mismo, como que he de pasar con ellas.
Porque «nada hay permanente debajo del sol», adonde «todo es vanidad y aflicción de espíritu» (Qo 1,14). ¡Oh, cuán sabio es el que así piensa!
Dame, Señor, sabiduría celestial para que aprenda a buscarte y hallarte sobre todas las cosas, gustarte y amarte sobre todas, y entender lo demás como es según el orden de tu sabiduría.
Dame prudencia para desviarme del lisonjero y paciencia para sufrir al adversario.
Porque esta es muy gran sabiduría: no moverse a todo viento de palabras, ni tampoco dar oídos a la malamente halagadora sirena, pues así se anda con seguridad el camino comenzado.
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