Libro III · Capítulo 33
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
De la inconstancia del corazón, y que la intención final se ha de dirigir a Dios
Tramo 1 de 1
Jesucristo.– [1] Hijo, no creas a tu deseo, pues el que ahora es, presto se te mudará en otro.
Mientras vivieres, estás sujeto a mudanzas, aunque no quieras, porque ya le hallarás alegre, ya triste; ya sosegado, ya turbado; ya devoto, ya indevoto; ya diligente, ya perezoso; ahora pesado, ahora liviano.
Mas el sabio y bien instruido en el espíritu es superior a estas mudanzas; no mirando lo que experimenta dentro de sí ni de qué parte sopla el viento de la instabilidad, sino dirigiendo toda la intención de su espíritu al debido y deseado fin.
Porque así podrá permanecer siempre el mismo e ileso en tan varios casos, dirigiendo a mí sin cesar la mira de su sencilla intención.
[2] Y cuanto más pura fuere, tanto más constante estará entre las diversas tempestades.
Pero en muchas cosas se oscurecen los ojos de la pura intención, porque se mira fácilmente a lo que se presenta como deleitable.
Porque rara vez se halla quien esté enteramente libre del lunar de su propio interés.
De este modo, los judíos en otro tiempo fueron a casa de Marta y María, en Betania, «no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro» (Jn 12,9).
Débense, pues, limpiar los ojos de la intención, para que sea sencilla y recta, y se enderece a mí por encima de todos los medios.
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