Santos Apóstoles · Kindle

Libro III · Capítulo 36

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

Contra los vanos juicios de los hombres

Tramo 1 de 1

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Jesucristo.– [1] Hijo, pon tu corazón fijamente en Dios, y no temas los juicios humanos cuando la conciencia no te acusa.

Bueno es y dichoso padecer de esta suerte; y esto no es duro al corazón humilde, que confía más en Dios que en sí mismo.

Los más hablan demasiadamente, y por eso se les debe dar poco crédito.

Y también satisfacer a todos no es posible.

Aunque san Pablo trabajó en contentar a todos en el Señor, y fue todo para todos, sin embargo, en nada tuvo el ser juzgado del mundo.

Mucho hizo por la salud y edificación de los otros, trabajando cuanto pudo y estaba de su parte; pero no se pudo librar de que le juzgasen y despreciasen algunas veces.

Por eso lo encomendó todo a Dios, que lo conoce todo, y con paciencia y humildad se defendía de las malas lenguas y de los que piensan vanidades y mentiras, y las dicen como se les antoja.

Y también respondió algunas veces, porque no se escandalizasen algunas almas débiles en verle callar.

[2] ¿Quién eres tú para que temas al hombre mortal? Hoy es, y mañana no parece.

Teme a Dios y no te espantarán los fieros de los hombres.

¿Qué te puede hacer el hombre con palabras e injurias? Más bien se daña a sí mismo que a ti; y cualquiera que sea, no podrá huir del juicio de Dios.

Ten presente a Dios, y no contiendas con palabras de queja.

Y si ahora quedas debajo, al parecer, y sufres la humillación que no mereciste, no te indignes por eso, ni con impaciencia disminuyas tu corona.

Sino mírame a mí en el cielo, que puedo librar de toda confusión e injuria, y «dar a cada uno según sus obras» (Rom 2,6).

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