Libro III · Capítulo 40
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Que no tiene el hombre de sí bien alguno ni cosa de qué alabarse
Tramo 2 de 2
Verdaderamente, la vanagloria es una mala pestilencia y grandísima vanidad, porque nos aparta de la verdadera gloria y nos despoja de la gracia celestial.
Porque contentándose un hombre a sí mismo, te descontenta a ti; cuando desea las alabanzas humanas, es privado de las virtudes verdaderas.
[5] La verdadera gloria y alegría santa consiste en gloriarse en ti y no en sí; gozarse en tu nombre y no en la propia virtud, ni deleitarse en criatura ninguna sino en ti.
Sea alabado tu nombre, no el mío; engrandecidas sean tus obras, no las mías; bendito sea tu santo nombre, y no me sea atribuida parte alguna de las alabanzas de los hombres.
«Tú eres mi gloria» (Sal 3,3); tú, la alegría de mi corazón.
En ti me gloriaré y gozaré todos los días; «mas de parte no hay de qué, sino de mis flaquezas» (2Cor 12,5).
Busquen los judíos la gloria que se dan unos a otros; yo buscaré la gloria que viene solamente de Dios (Jn 5,44; 8,50).
Porque toda la gloria humana, toda la honra temporal, toda la alteza del mundo, comparada con tu eterna gloria, es vanidad y necesidad.
¡Oh verdad mía y misericordia mía, Dios mío, Trinidad bienaventurada; a ti solo sea alabanza, honra, virtud y gloria para siempre jamás!
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