Santos Apóstoles · Kindle

Libro III · Capítulo 50

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

Cómo el hombre desconsolado se debe ofrecer en las manos de Dios

Tramo 1 de 3

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El alma.– [1] Señor Dios, Padre santo, ahora y para siempre seas bendito, que como tú quieres así se ha hecho, y lo que haces es bueno. Alégrese tu siervo en ti, no en sí ni en otro alguno, porque tú sólo eres alegría verdadera; tú, esperanza mía y corona mía; tú, Señor, eres mi gozo y mi honra.

¿Qué tiene tu siervo sino lo que recibió de ti, aun sin merecerlo? Tuyo es todo lo que me has dado y has hecho conmigo.

«Pobre soy yo, y lleno de trabajos desde mi juventud» (Sal 77,16); y mi alma se entristece algunas veces hasta llorar; y otras veces se turba consigo por las pasiones que la acosan.

[2] Deseo el gozo de la paz; pido la paz de tus hijos, que son apacentados por ti en la luz de la consolación.

Si me das paz, si derramas en mí tu santo gozo, estará el alma de tu siervo llena de alegría y devota en tu alabanza.

Pero si te apartares, como muchas veces lo haces, no podrá correr por el camino de tus mandamientos, sino que hincará las rodillas para herir su pecho, porque no le va como los días anteriores, «cuando resplandecía tu luz sobre su cabeza» (Job 29,3) y era defendida de las tentaciones impetuosas debajo de la sombra de tus alas.

[3] Padre justo y siempre digno de alabanza: llegó la hora en que tu siervo sea probado.

Padre amable: justo es que tu siervo padezca algo por ti en esta hora.

Padre para siempre adorable: ha llegado la hora que habías previsto desde la eternidad, en la cual tu siervo esté abatido en lo exterior un corto tiempo, pero viva siempre interiormente contigo.

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