Libro III · Capítulo 50
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Cómo el hombre desconsolado se debe ofrecer en las manos de Dios
Tramo 2 de 3
Despreciado sea y humillado un poco y desechado delante de los hombres; sea quebrantado con trabajos y enfermedades, para que nuevamente resucite contigo en la aurora de nueva luz y sea glorificado en los cielos.
¡Padre santo! Así lo ordenaste tú, así lo quisiste, y lo que mandaste se ha hecho.
[4] Por cierto, gracia es esta que haces a tu amigo: que padezca y sea atribulado por tu amor en este mundo por cualquiera y cuantas veces lo permitieres.
Sin tu consejo y providencia, y sin causa, nada se hace en la tierra.
«Bueno es para mí, Señor, que me hayas humillado, para que aprenda tus justificaciones» (Sal 118,71), y destierre de mi corazón toda soberbia y presunción.
Provechoso es para mí que la «confusión haya cubierto mi rostro» (Sal 63,8), para que así te busque a ti y no a los hombres para consolarme.
También aprendí en esto a temblar de tu inescrutable juicio, que afliges así al justo como al impío, aunque no sin equidad y justicia.
[5] Gracias te doy porque no dejaste sin castigo mis males, sino que me afligiste con amargos azotes, hiriéndome con dolores y enviándome angustias interiores y exteriores.
No hay debajo del cielo quien me consuele sino tú, Señor Dios mío, médico celestial de las almas, que «hieres y sanas, encierras en el sepulcro y sacas de él» (Job 13,2).
«Sea tu corrección sobre mí, y tu mismo castigo me enseñará» (Sal 17,36).
[6] Padre amado, vesme aquí en tus manos; yo me inclino bajo la vara de tu corrección.
Hiere mis espaldas y mi cerviz, para que enderece mis torcidas inclinaciones a tu voluntad.
Hazme piadoso y humilde discípulo, como sueles hacerlo, para que ande siempre pendiente de tu voluntad.
Me entrego enteramente a ti con todas mis cosas, para que me corrijas. Más vale ser corregido aquí que en la otra vida.
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