Libro III · Capítulo 50
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Cómo el hombre desconsolado se debe ofrecer en las manos de Dios
Tramo 3 de 3
Tú sabes todas y cada una de las cosas, y no se te esconde nada en la humana conciencia.
Antes que suceda, sabes lo venidero, y no hay necesidad que alguno te enseñe o avise de las cosas que se hacen en la tierra.
Tú sabes lo que conviene para mi adelantamiento, y cuánto me aprovecha la tribulación para limpiar el orín de los vicios.
Haz conmigo tu voluntad y gusto, y no de seches mi vida pecaminosa, a ninguno mejor ni más claramente conocida que a ti solo.
[7] Concédeme, Señor, saber lo que se debe saber; amar lo que se debe amar; alabar lo que a ti es más agradable; estimar lo que te parece precioso; aborrecer lo que a tus ojos es vil.
No permitas que «juzgue según la vista de los ojos» exteriores, ni que «sentencie según oigo» (Is 11,3) a los hombres ignorantes, sino que acierte a discernir con verdadero juicio entre lo visible y lo espiritual, y buscar siempre sobre todo la voluntad de tu divino beneplácito.
[8] Muchas veces se engañan los hombres en sus juicios, y los mundanos también se engañan en amar solamente lo visible.
¿Qué tiene de mejor el hombre porque otro le tenga por grande?
El falaz engaña al falaz, el vano al vano, el ciego al ciego, el enfermo al enfermo, cuando lo ensalza; y verdaderamente, más le confunde cuando vanamente le alaba.
Porque «cuanto es cada uno en tus ojos, tanto es y no más», dice el humilde san Francisco.
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