Libro III · Capítulo 52
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Que el hombre no se repute por digno de consuelo, sino de castigo
Tramo 1 de 2
El alma.– [1] Señor, no soy digno de tu consolación ni de ninguna visita espiritual, y por eso justamente lo haces conmigo cuando me dejas pobre y desconsolado.
Porque, aunque yo pudiese derramar un mar de lágrimas, aún no merecería tu consuelo.
Por eso no soy digno sino de ser afligido y castigado, porque te ofendí gravemente y muchas veces, y pequé mucho y de muchas maneras.
Así que, bien mirado, no soy digno de la menor consolación.
Mas tú, Dios clemente y misericordioso, que no quieres que tus obras perezcan «para manifestar las riquezas de tu bondad en los vasos de tu misericordia» (Rom 9,13), aun sobre todo merecimiento, tienes por bien de consolar a tu siervo de un modo sobrehumano.
Porque tus consolaciones no son ilusorias como las humanas.
[2] ¿Qué he hecho, Señor, para que tú me dieses ninguna consolación celestial?
Yo no me acuerdo de haber hecho ningún bien, sino que he sido siempre inclinado a vicios, y muy perezoso para enmendarme.
Esto es verdad, y no puedo negarlo. Si dijese otra cosa, tú estarías contra mí y no habría quien me defendiese.
¿Qué he merecido por mis pecados sino el infierno y el fuego eterno? Conozco, en verdad, que soy digno de todo escarnio y menosprecio, y no merezco vivir entre tus devotos. Y aunque me moleste el oírlo, acusaré mis pecados contra mí y en favor de la verdad, para que más fácilmente merezca alcanzar tu misericordia.
[3] ¿Qué diré yo, pecador, y lleno de toda confusión?
No tengo boca para hablar sino sola esta palabra: Pequé, Señor, pequé; ten misericordia de mí; perdóname.
«Déjame un poco para que llore mi dolor, antes que vaya a la tierra tenebrosa y cubierta de oscuridad de muerte» (Job 10,20).
¿Qué es lo que principalmente exiges del culpable y miserable pecador, sino que se convierta y se humille por sus pecados?
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