Libro III · Capítulo 58
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Que no se deben escudriñar las cosas altas y los juicios ocultos de Dios
Tramo 1 de 4
Jesucristo.– [1] Hijo, guárdate de disputar de materias altas y de los secretos juicios de Dios; por qué uno es desamparado y otro tiene tantas gracias; por qué está uno muy afligido y otro tan altamente ensalzado.
Estas cosas exceden a toda humana capacidad, y no basta razón ni disputa alguna para investigar el juicio divino.
Por eso, cuando el enemigo te trajere esto al pensamiento, o algunos hombres curiosos lo preguntaren, responde aquello del profeta: «Justo eres, Señor, y justo tu juicio» (Sal 118,75).
Y también: «Los juicios del Señor son verdaderos y justificados en sí mismos» (Sal 18,10).
Mis juicios han de ser temidos, no examinados; porque no se comprenden con entendimiento humano.
[2] Tampoco te pongas a inquirir o disputar de los merecimientos de los santos, cuál sea más santo o mayor en el reino de los cielos.
Estas cosas muchas veces causan contiendas y disensiones sin provecho, y crean soberbia y vanagloria, de donde nacen envidias y discordias, cuando uno quiere preferir imprudentemente un santo y otro quiere a otro.
Querer saber e inquirir tales cosas ningún fruto trae, antes desagrada mucho a los santos, «porque Yo no soy Dios de discordia, sino de paz» (1Cor 14,33), la cual consiste más en la verdadera humildad que en la propia estima.
[3] Algunos con celo de amor se aficionan a unos santos más que a otros; pero más por afecto humano que divino.
Yo soy el que hice a todos los santos; yo les di la gracia; yo les he dado la gloria.
Yo sé los méritos de cada uno; «yo les previne con bendiciones de mi dulzura» (Sal 20,4).
Yo conocí mis amados antes de los siglos; «yo los escogía del mundo, y no ellos a mí» (Jn 15,19).
Yo los llamé por gracia y atraje por misericordia; yo los llevé por diversas tentaciones.
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