Libro IV · Capítulo 1
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Con cuánta reverencia se ha de recibir a Jesucristo
Tramo 2 de 5
[4] Noé, varón justo, trabajó cien años en fabricar un arca para guarecerse en ella con pocas personas; pues, ¿cómo podré yo en una hora prepararme para recibir con reverencia al que fabricó el mundo?
Moisés, tu gran siervo y tu amigo especial, hizo un arca de madera incorruptible, y la guarneció de oro purísimo para poner en ella las Tablas de la Ley; y yo, pobre criatura podrida, ¿osaré recibirte tan fácilmente a ti, hacedor de la Ley y dador de la vida?
Salomón, el más sabio de los reyes de Israel, edificó en siete años un magnífico templo en honor de tu nombre y celebró por ocho días la fiesta de su dedicación; ofreció mil hostias pacíficas y colocó solemnemente el arca del Testamento, con músicas y regocijos, en el lugar que le estaba preparado.
Y yo, miserable y el más pobre de los hombres, ¿cómo te introduciré en mi casa, que difícilmente estoy con devoción media hora? ¡Y ojalá que alguna vez gastase bien media hora!
[5] ¡Oh Dios mío! ¿Qué no hicieron aquellos para agradarte?
Mas, ¡ay de mí! ¡Cuán poco es lo que yo hago! ¡Qué corto tiempo gasto en prepararme para la comunión!
Rara vez estoy del todo recogido, y rarísima me veo libre de toda distracción.
Y en verdad que en tu saludable y divina presencia no debiera ocurrirme pensamiento alguno poco decente, ni ocuparme criatura alguna, porque no voy a hospedar a algún ángel, sino al Señor de los ángeles.
[6] Además hay grandísima diferencia entre el arca del Testamento con cuanto contenía y tu purísimo cuerpo con sus inefables virtudes; entre aquellos sacrificios de la Ley antigua, que figuraban los venideros, y el sacrificio de tu cuerpo, que es el cumplimiento de todos los sacrificios antiguos.
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