Libro IV · Capítulo 2
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Que Dios muestra al hombre gran bondad y caridad en este sacramento
Tramo 1 de 3
El alma.– [1] Señor, confiado en tu bondad y gran misericordia, vengo yo, enfermo, al médico; hambriento y sediento, a la fuente de la vida; pobre, al Rey del cielo; siervo, al Señor; criatura, al Creador; desconsolado, a mi piadoso consolador.
Mas, ¿de dónde a mí tanto bien que tú vengas a mí? ¿Quién soy yo para que te me des a ti mismo?
¿Cómo se atreve el pecador a comparecer delante de ti? Y tú, ¿cómo te dignas venir al pecador?
Tú conoces a tu siervo y sabes que ningún bien tiene por donde merezca que tú le hagas este beneficio.
Yo te confieso, pues, mi vileza, reconozco tu bondad, alabo tu piedad y te doy gracias por tu extremada caridad.
Pues así lo haces conmigo, no por mis merecimientos, sino por ti mismo, para darme a conocer mejor tu bondad, para que se me infunda mayor caridad y se recomiende más la humildad.
Y pues así te agrada a ti, y así mandaste que se hiciese, también me agrada a mí que tú lo hayas tenido por bien. ¡Ojalá que no lo impida mi maldad!
[2] ¡Oh dulcísimo y benignísimo Jesús! ¡Cuánta reverencia y gracias, acompañadas de perpetua alabanza, te son debidas, por habernos dado tu sacratísimo cuerpo, cuya dignidad ningún hombre es capaz de explicar!
Mas, ¿qué pensaré en esta comunión, al llegarme a mi Señor, a quien no puedo venerar debidamente y, sin embargo, deseo recibir con devoción?
¿Qué cosa mejor y más saludable pensaré sino humillarme profundamente delante de ti y ensalzar tu infinita bondad sobre mí?
Yo te alabo, Dios mío, y deseo que seas ensalzado para siempre. Despréciome y me rindo a tu Majestad en el abismo de mi bajeza.
[3] Tú eres el Santo de los santos y yo el más vil de los pecadores.
Tú te bajas a mí, que no soy digno de alzar los ojos para mirarte.
Capítulo anteriorÚltimo tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.