Libro IV · Capítulo 4
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Que se conceden muchos bienes a los que devotamente comulgan
Tramo 1 de 3
El alma.– [1] Señor, Dios mío, «prevén a tu siervo con las bendiciones de tu dulzura» (Sal 20,4) para que merezca llegar digna y devotamente a tu sublime sacramento.
Mueve mi corazón hacia ti y sácame de este grave entorpecimiento; visítame con tu gracia saludable, para que pueda gustar en espíritu tu suavidad, cuya plenitud se halla en este sacramento como en su fuente.
Alumbra también mis ojos, para que pueda mirar tan alto misterio, y esfuérzame para creerlo con firmísima fe.
Porque obra tuya es, y no poder humano; sagrada institución tuya, y no invención de hombres.
Ninguno, ciertamente, es capaz por sí mismo de entender cosas tan altas que aun a la sutileza angélica exceden.
Pues yo, pecador indigno, tierra y ceniza, ¿qué podré escudriñar y entender de tan alto secreto?
[2] Señor, con sencillez de corazón, con fe firme y sincera, y por mandato tuyo, me acerco a ti con reverencia y confianza, y creo verdaderamente que estás aquí presente en el sacramento como Dios y como hombre.
Pues quieres, Señor, que yo te reciba y que me una contigo en caridad.
Por eso suplico a tu clemencia y pido la gracia especial de que todo me deshaga en ti y rebose de amor, y que no cuide ya de ninguna otra consolación.
Porque este altísimo y dignísimo sacramento es la salud del alma y del cuerpo, medicina de toda enfermedad espiritual, con la cual se curan mis vicios, refrenándose mis pasiones, las tentaciones se vencen o disminuyen, dase mayor gracia, la virtud comenzada crece, confírmase la fe, esfuérzase la esperanza y se enciende y dilata la caridad.
[3] Porque muchos bienes has dado y das siempre en este sacramento a tus amados, que devotamente comulgan, Dios mío, huésped de mi alma, reparador de la enfermedad humana y dador de toda consolación interior.
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