Santos Apóstoles · Kindle

Libro IV · Capítulo 5

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

De la dignidad del sacramento y del estado sacerdotal

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Jesucristo.– [1] Aunque tuvieses la pureza de los ángeles y la santidad de san Juan Bautista, no serías digno de recibir ni manejar este sacramento.

Porque no cabe en merecimiento humano que el hombre consagre y tenga en sus manos el sacramento de Cristo y coma el pan de los ángeles.

Grande es este misterio y grande es la divinidad de los sacerdotes, a los cuales es dado lo que no es concedido a los ángeles.

Pues sólo los sacerdotes, rectamente ordenados en la Iglesia, tienen poder de celebrar y consagrar el cuerpo de Jesucristo.

El sacerdote es ministro de Dios, cuyas palabras usa por su mandamiento y ordenación; mas Dios es allí el principal autor y obrador invisible, a cuya voluntad todo está sujeto y a cuyo mandamiento todo obedece.

[2] Debes, pues, creer a Dios todopoderoso en este sublime sacramento más que a tus propios sentidos y a las señas visibles.

Y por eso debe el hombre llegar a este misterio con temor y reverencia.

Reflexiona sobre ti mismo y mira que tal es el misterio que te ha sido encomendado por la imposición de las manos del obispo.

Has sido hecho sacerdote y ordenado para celebrar; cuida, pues, de ofrecer a Dios este sacrificio con fe y devoción en el tiempo conveniente, y de mostrarte irreprensible.

No has aliviado tu carga; antes bien, estás atado con más estrecho vínculo de observancia y obligado a mayor perfección de santidad.

El sacerdote debe estar adornado de todas las virtudes, y ha de dar a los otros ejemplo de buena vida.

Su trato no ha de ser como el de los hombres comunes, sino como el de los ángeles en el cielo o el de los varones perfectos en la tierra.

[3] El sacerdote, vestido de las vestiduras sagradas, tiene el lugar de Cristo por sí y por todo el pueblo.

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