Santos Apóstoles · Kindle

Libro IV · Capítulo 11

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

Que el cuerpo de Cristo y la Sagrada Escritura son muy necesarios al alma fiel

Tramo 2 de 4

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Tú, ¡oh Dios!, me eres testigo de que ninguna cosa me puede consolar, ni criatura alguna dar descanso, sino tú, Dios mío, a quien deseo contemplar eternamente.

Mas esto no es posible mientras vivo en carne mortal. Por eso debo tener mucha paciencia y sujetarme a ti en todos mis deseos.

Porque también tus santos, Señor, que ahora se regocijan contigo en el reino de los cielos, cuando vivían en este mundo, esperaban con gran fe y paciencia la venida de tu gloria. Lo que ellos creyeron, creo yo; lo que ellos esperaron, espero; adonde llegaron ellos finalmente por tu gracia, tengo yo confianza de llegar.

Entre tanto caminaré con fe, confortado con los ejemplos de los santos.

También tendré los libros santos para consolación y espejo de la vida, y, sobre todo esto, el cuerpo santísimo tuyo por singular remedio y refugio.

[4] Pues conozco que tengo grandísima necesidad de dos cosas sin las cuales no podría soportar esta vida miserable.

Detenido en la cárcel de este cuerpo, confieso serme necesarias dos cosas, que son mantenimiento y luz.

Dísteme, pues, como a enfermo, tu sagrado cuerpo para alimento del alma y del cuerpo, y además me comunicaste «tu divina palabra, para que sirviese de luz a mis pasos» (Sal 118,105).

Sin estas dos cosas yo no podría vivir bien; porque la palabra de Dios es la luz de mi alma, y tu sacramento es pan de vida.

Estas se pueden llamar dos mesas colocadas a uno y otro lado en el tesoro de la santa Iglesia.

Una es la mesa del sagrado altar, donde está el sagrado pan; esto es, el precioso cuerpo de Cristo.

Otra es la de la Ley divina, que contiene la doctrina sagrada, enseña la verdadera fe y nos conduce con seguridad hasta lo más interior del velo donde está el Santo de los santos.

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