Libro IV · Capítulo 12
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Que debe disponerse con gran diligencia el que ha de recibir a Cristo
Tramo 1 de 2
Jesucristo.– [1] Yo soy amante de la pureza y dador de toda santidad.
Yo busco el corazón puro, y allí es el lugar de mi descanso.
«Prepárame una sala grande y adornada, y celebrare contigo la Pascua con mis discípulos» (Lc 22,12). Si quieres que venga a ti y me quede contigo, arroja de ti la levadura vieja y limpia la morada de tu corazón.
Desecha de ti todo el mundo, y todo el ruido de los vicios; «siéntate como pájaro solitario en el tejado, y piensa en tus excesos con amargura de tu alma» (Sal 101,8; Is 38,15).
Pues cualquier persona que ama dispone a su amado el mejor y más hermoso lugar; porque en esto se conoce el amor del que hospeda al amado.
[2] Pero sábete que no puedes alcanzar esta preparación con el mérito de tus obras, aunque te preparases un año entero y no pensases en otra cosa.
Mas por sola mi piedad y gracia se te permite llegar a mi mesa, como si un rico convidase e hiciese comer con él a un pobre mendigo, que no tuviese otra cosa para pagar este beneficio sino humildad y agradecimiento.
Haz lo que esté de tu parte, y hazlo con mucha diligencia; no por costumbre ni por necesidad, sino con temor, reverencia y amor recibe el cuerpo de Jesucristo, tu amado Dios y Señor, que se digna venir a ti.
Yo soy el que te llamé y mandé que vinieses. Yo supliré lo que te falta; ven y recíbeme.
[3] Cuando yo te concedo afectos de devoción, da gracias a tu Dios, no porque eres digno, sino porque tuve misericordia de ti.
Si no sientes devoción, y te hallas muy seco, persevera en la oración, gime, llama y no ceses hasta que merezcas recibir una migaja o una gota de gracia saludable.
Tú me necesitas a mí; yo no necesito de ti.
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