Parte 3 · Capítulo 3
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
DE LA PACIENCIA
Tramo 6 de 6
Cuando estés enferma, ofrece todos tus dolores, penas, y angustias al servicio de Nuestro Señor, y suplícale que los una a los tormentos que sufrió por ti. Obedece al médico: toma los medicamentos, los alimentos y los otros remedios por amor de Dios y acuérdate de la hiel que tomó por amor nuestro. Desea curarte para servirle; pero no rehúses agravarte para obedecerle, y disponte a morir, si así le place, para alabarle y gozarle. Acuérdate de que las abejas, cuando fabrican la miel, viven y se alimentan de cosas muy amargas y que, de la misma manera, nosotros nunca podemos hacer actos de mayor dulzura y paciencia, ni arreglar mejor la miel de las más excelentes virtudes, que comiendo el pan de amargura y viviendo de angustias. Y, así como la miel extraída de la flor del tomillo, hierba pequeña y amarga, es la mejor de todas, así la virtud, que se ejercita en las amarguras de las más viles, bajas y abyectas tribulaciones, es la más excelente de todas.
Contempla, con frecuencia, con los ojos interiores, a Jesucristo crucificado, despojado, blasfemado, calumniado, abandonado, y, finalmente, saturado de toda clase de angustias, de tristezas y de trabajos, y considera que todos tus sufrimientos, ni en calidad, ni en cantidad, no pueden, en manera alguna, compararse con los suyos, y que jamás padecerás tú por Él cosa alguna, que equivalga a lo que Él ha sufrido por ti. Considera las penas que sufrieron los mártires y las que sufren tantas personas, más graves, sin comparación, que las que a ti te afligen, y di: « ¡ Ah, Señor!, mis trabajos son consuelos y mis penas son rosas, comparadas con las de aquellas personas que viven en una muerte continua, sin socorro, sin asistencia, sin alivio, cargadas de aflicciones infinitamente mayores».
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