Parte 3 · Capítulo 6
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
QUE LA HUMILDAD HACE QUE AMEMOS NUESTRA PROPIA ABYECCIÓN
Tramo 3 de 5
Hay faltas en las cuales no se encuentra otro mal que la abyección; la humildad no nos exige que las cometamos expresamente, pero exige que no nos inquietemos cuando las hayamos cometido: tales son ciertas ligerezas, faltas de educación, descuidos, las cuales hay que evitar, por razones de buena educación y de prudencia, antes de que se cometan; pero una vez cometidas, hay que aceptar la abyección que de ellas proviene, y hay que aceptarla de buen grado, para practicar la santa virtud de la humildad. Más aún: si me he dejado llevar de la ira o de la disolución, hasta decir palabras inconvenientes, que han redundado en ofensa de Dios o del prójimo, me arrepentiré vivamente y estaré afligido de la ofensa, la cual procuraré reparar de la mejor manera que me sea posible; pero no dejaré de aceptar la abyección y el desprecio que de ello me sobrevengan, y, si una cosa pudiese separarse de la otra, rechazaría enérgicamente el pecado y me quedaría humildemente con la abyección.
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