Santos Apóstoles · Kindle

Parte 3 · Capítulo 6

Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales

QUE LA HUMILDAD HACE QUE AMEMOS NUESTRA PROPIA ABYECCIÓN

Tramo 4 de 5

Letra pequeñaMedianaGrande

Pero, aunque amemos la abyección que proviene del mal, es menester que, con recursos apropiados y legítimos, pongamos remedio al mal que la ha causado, sobre todo cuando el mal acarrea consecuencias. Si tengo en el rostro algún mal repugnante, procuraré su curación, pero sin olvidar la abyección que trae consigo. Si he hecho alguna cosa que no of ende a nadie, no me disculparé de ella, porque, aunque esta cosa sea algún defecto, no es permanente, y no podría excusarme de ella sino por la abyección que de la misma procede y esto es lo que la humildad no puede permitir; mas, si, por descuido o por dejadez, he ofendido o escandalizado a alguno, repararé la ofensa con alguna excusa, verdadera, porque el mal es permanente y la caridad obliga a borrarlo. Por lo demás, suele ocurrir, alguna vez, que la caridad exija que pongamos remedio a la abyección, por el bien del prójimo, al cual es necesaria nuestra reputación; mas en este caso, una vez quitada nuestra abyección de los ojos del prójimo para evitar el escándalo, conviene guardarla y ocultarla dentro del corazón, para que se edifique de ello.

Pero tú, Filotea, quieres saber cuáles son las mejores abyecciones. Te digo claramente que las más provechosas al alma y las más agradables a Dios son las que nos vienen al azar o por la condición de nuestra vida, porque éstas no son escogidas por nosotros, sino que se reciben tal como las envía Dios, cuya elección siempre es mejor que la nuestra. Y, si hay que escoger, las más grandes son las mejores, y son más grandes las contrarías a nuestras inclinaciones, con tal que cuadren con nuestra profesión, porque, digámoslo de una vez para siempre, nuestra elección echa a perder y disminuye casi todas nuestras virtudes. ¡Ah!

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