Parte 3 · Capítulo 9
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
DE LA DULZURA CON NOSOTROS MISMOS
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Por lo tanto, el disgusto por nuestras faltas ha de ser tranquilo, sereno y firme; porque, así como un juez castiga mejor a los malos dictando sus sentencias, según razón y con ánimo tranquilo, que dictándolas con impetuosidad y pasión, pues entonces no castiga las faltas por lo que éstas son, sino por lo que es él mismo; así nosotros nos castigamos mejor con arrepentimientos tranquilos y constantes, que con arrepentimientos violentos, agrios y coléricos, pues los arrepentimientos violentos no son proporcionados a la gravedad de nuestras culpas, sino a nuestras inclinaciones. Por ejemplo, el que ama la castidad se revolverá con mayor amargura contra la más leve falta cometida en esta materia, y, en cambio, se reirá de una grave murmuración en la que hubiere incurrido. Al contrario, el que detesta la maledicencia se atormentará por haber murmurado levemente, y no hará caso de una falta grave contra la castidad, y así de las demás faltas; y ello no es debido a otra cosa sino a que el juicio que forman en su conciencia no es obra de la razón, sino de la pasión.
Créeme, Filotea, así como las reprensiones de un padre, hechas dulce y cordialmente, tienen más eficacia para corregir que los enfados y los enojos; así también, cuando nuestro corazón ha cometido alguna falta, si le reprendemos con advertencias dulces y tranquilas, llenas más de compasión que de pasión contra él, y le animamos a enmendarse, el arrepentimiento que concebirá entrará mucho más adentro y le penetrará mejor que no lo haría un arrepentimiento despechado, airado y tempestuoso.
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