Parte 3 · Capítulo 9
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
DE LA DULZURA CON NOSOTROS MISMOS
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Una de las mejores prácticas de la dulzura, en la cual nos deberíamos ejercitar, es aquella cuyo objeto somos nosotros mismos, de manera que nunca nos enojemos contra nosotros ni, contra nuestras imperfecciones, pues si bien la razón quiere que, cuando cometemos faltas, sintamos descontento y aflicción, conviene, no obstante, que evitemos un descontento agrio, malhumorado, despechado y colérico. En esto cometen una gran falta muchos que, después de haberse encolerizado, se enojan de haberse enojado, se desazonan de haberse desazonado, y sienten despecho de haberlo sentido; porque, por este camino, tienen el corazón amargado y lleno de malestar, y si bien parece que el segundo enfado ha de destruir el primero, lo cierto es que sirve de entrada y de paso a un nuevo enojo, en cuanto la primera ocasión se presente; aparte de que estos disgustos, despechos y asperezas contra sí mismo, tiende hacia el orgullo y no tienen otro origen que el amor propio, el cual se turba y se impacienta al vernos imperfectos.
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