Parte 3 · Capítulo 37
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
LOS DESEOS
Tramo 3 de 3
La variedad de manjares, sobre todo si se toman en gran cantidad, siempre carga el estómago, y, si éste es débil, lo echan a perder: no llenes tu alma de muchos deseos, ni mundanos, porque te estorbarían. Cuando nuestra alma se ha purificado, al sentirse descargada de los malos humores, siente unas ansias muy grandes de cosas espirituales, y, como si estuviese hambrienta, comienza a desear mil maneras de devoción, de mortificación, de penitencia, de humildad, de caridad, de oración. Es buen indicio, amada Filotea, sentir semejante apetito; pero has de ver si puedes digerir bien todo lo que quieras comer. Entre tantos deseos, escoge, por consejo de tu padre espiritual, los que puedas practicar y ejecutar enseguida, y, en cuanto a éstos, esfuérzate de veras en realizarlos.
Hecho esto, Dios te enviará otros, que procurarás llevar a la práctica, y, de esta manera, no perderás el tiempo en deseos inútiles. No digo que se haya de dejar perder ninguna clase de buenos deseos; lo que digo es que se han de realizar ordenadamente, y los que no se pueden practicar enseguida, se han de encerrar en algún rincón del corazón, hasta que les llegue el tiempo, y, entretanto, hay que realizar los que ya están sazonados y maduros; y no digo esto solamente con respecto a los deseos espirituales, sino también con respecto a los mundanos: si no lo hacemos así, no viviremos sino con inquietud y desazón.
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