Parte 3 · Capítulo 38
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
AVISO A LAS PERSONAS CASADAS
Tramo 9 de 11
«Preferiría, hijo mío muy amado, verte morir delante de mis ojos, que verte cometer un solo pecado mortal»; lo cual quedó tan impreso en el alma de aquel santo hijo, que, como él mismo decía, no pasó un solo día de su vida sin que se acordara de ello, y se esforzó, cuanto pudo, en guardar esta doctrina divina. En nuestro idioma llamamos casas a los linajes y a las generaciones, y los mismos hebreos llamaban edificación de la casa a la generación de los hijos, pues fue en este sentido que se dijo que Dios edificó casas a las comadres de Egipto. Esto demuestra que no se hace buena casa enriqueciéndola con bienes materiales, sino educando bien a los hijos en el temor de Dios y en la virtud; en esto no hay que perdonar trabajo ni. sacrificio alguno, pues los hijos son la corona de los padres. Así Santa Mónica combatió con tanta firmeza y constancia las malas inclinaciones de San Agustín, que, después de seguir sus pasos por mar y por tierra, logró hacerlo más felizmente hijo de sus lágrimas por la conversión de su alma, que no lo había hecho hijo de su sangre por la generación de su cuerpo.
San Pablo señala a las esposas el cuidado de la casa, por lo cual creen muchos, con acierto, que su devoción es más provechosa a la familia que la de los maridos, los cuales, por no permanecer tan asiduamente en el hogar, no pueden, por lo mismo, encaminar tan fácilmente a la familia hacia la virtud. Por este motivo, Salomón, en los Proverbios, vincula la felicidad del hogar al cuidado y diligencia de aquella mujer fuerte que, en ellos, nos describe.
Dice el Génesis que Isaac, al ver estéril a su mujer Rebeca, rogó por ella al Señor, o, según los
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