Parte 3 · Capítulo 39
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
DE LA HONESTIDAD DEL TÁLAMO NUPCIAL
Tramo 3 de 5
A la verdad, el comercio nupcial, que es tan santo, tan justo, tan recomendable, tan útil a la sociedad, puede empero en algunos casos ser dañoso a los que lo practican; pues, a veces, pone enfermas de pecado venial a las almas, como ocurre con simples excesos, y, en algunas ocasiones, las mata con el pecado mortal, como ocurre cuando es violado y pervertido el orden establecido para la generación de los hijos; y, en este caso, según que alguno se aparte más o menos de este orden, son los pecados más o menos execrables, pero siempre mortales. Porque como quiera que la procreación de los hijos es el fin primario y principal del matrimonio, jamás es lícito apartarse del orden que exige, aunque, por algún motivo, tal procreación no pueda entonces seguirse, como acontece cuando la esterilidad o el embarazo impiden la generación, pues, en estas circunstancias, el comercio corporal no deja de poder ser justo y santo, con tal que sean cumplidas las leyes de la generación, puesto que nunca está permitido que cosa alguna accidental contravenga la ley impuesta por el fin principal del matrimonio. Es cierto que la infame y execrable acción que Onán cometió, en su matrimonio, fue detestable delante de Dios, como lo dice el Sagrado Texto, en el capítulo treinta y ocho del Génesis. Y aunque algunos herejes de nuestros tiempos, cien veces más condenables que los Cínicos, de que nos habla San Jerónimo en la epístola a los Efesios, han pretendido que fue la perversa intención de este malvado la que desagradó a Dios, es manifiesto que no habla así la Escritura, sino que concretamente asegura que fue la misma cosa cometida la que pareció detestable y abominable a los ojos de Dios.
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