Parte 4 · Capítulo 4
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
EL SENTIR Y EL CONSENTIR DOS BELLOS EJEMPLOS ACERCA DE ESTE PUNTO
Tramo 3 de 3
¿te causaban placer o tristeza, amargura o deleite?» Y ella le dijo: «Muy grande amargura y tristeza». Replicó el Señor: «¿Y quién infundía esta amargura y esta tristeza en tu corazón, sino yo, que permanecía escondido en medio de tu alma? Cree, hija mía, que si yo no hubiese estado presente, aquellos pensamientos que sitiaban tu voluntad, sin poderla asaltar, la habrían vencido, habrían penetrado en ella y habrían sido recibidos con complacencia por tu libre albedrío y, así, habrían dado muerte a tu alma; mas, porque yo estaba dentro, infundía aquella resistencia y aquel disgusto en tu corazón, merced a lo cual alejabas cuanto podías la tentación, y, no pudiendo rechazarla tanto como deseabas, sentías el mayor disgusto y el mayor aborrecimiento contra ella y contra ti misma; y, así, estas penas eran para ti un gran mérito, una gran ganancia y un gran aumento de tu virtud y de tu fortaleza.»
Repara, pues, Filotea, cómo este fuego estaba cubierto de ceniza, y cómo la tentación y la delectación habían entrado dentro del corazón y habían sitiado la voluntad, y cómo ésta, sola, pero asistida del Salvador, había resistido con amargura, disgusto y detestación al mal que le había sido sugerido, negando con constancia el consentimiento al pecado que le cercaba.
¡ Dios mío, qué angustia para una alma que ama a Dios no saber si Él está en ella o no, si el amor divino, por el cual combate, está o no está del todo apagado en ella! Mas esto es la delicada flor de la perfección del amor celestial: hacer que el amador sufra y combata por el amor, sin que sepa si posee el amor por el cual combate.
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