Santos Apóstoles · Kindle

Parte 4 · Capítulo 6

Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales

DE QUÉ MANERA LA TENTACIÓN Y LA DELECTACIÓN PUEDEN SER PECADO

Tramo 1 de 3

Letra pequeñaMedianaGrande

La princesa de la cual hemos hablado, no es responsable de la propuesta deshonesta que le ha sido hecha, porque, como hemos supuesto, todo ha ocurrido contra su voluntad; mas, si, por el contrario, hubiese dado motivo a la propuesta con algún halago, ofreciendo amor a quien le hubiese festejado, indudablemente hubiera sido culpable de la misma propuesta, y, aunque después se hubiese hecho la desentendida, no hubiera dejado de merecer reprensión y castigo. Así ocurre, a veces, que la sola tentación es pecado, porque somos causa de ella. Por ejemplo, sé que si juego, monto fácilmente en cólera y profiero blasfemias, y, por consiguiente, sé que el juego es para mí una tentación: peco, pues, cada vez que juego, y soy responsable de todas las tentaciones que, durante el mismo, me acometen. Asimismo, si sé que alguna conversación me arrastra a la tentación y me hace caer, y, a pesar de ello, tomo parte voluntariamente en ella, soy culpable de todas las tentaciones que puedan sobrevenirme.

Cuando la delectación que se deriva de la tentación puede ser evitada, siempre es pecado admitirla, según que el placer que se siente en ella y el consentimiento que se da, sea de larga o corta duración. Siempre es censurable la joven princesa, de quien hemos hablado, si no sólo escucha la proposición baja y deshonesta que se la hace, sino que, además, después de conocerla, se complace en ella y entretiene con placer su corazón en estas cosas; porque, aunque no quiera consentir en la ejecución real de lo que le ha sido ofrecido, consiente, no obstante, en la aplicación espiritual de su corazón, por el gozo que en ello se da, y siempre es cosa deshonesta aplicar el corazón o el cuerpo a una deshonestidad; pero ésta de tal manera consiste en la aplicación del corazón, que, sin esta aplicación, no puede haber pecado.

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