Parte 4 · Capítulo 13
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
DE LOS CONSUELOS ESPIRITUALES Y SENSIBLES Y CÓMO HAY QUE CONDUCIRSE EN ELLOS
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Y, ciertamente, el más insignificante consuelo de la devoción que sentimos vale más, bajo todos los conceptos, que las más excelentes virtudes del mundo. La leche que chupan los niños, es decir, las mercedes del divino Esposo, sabe mejor al alma que el vino sabroso de los placeres de la tierra; el que las ha gustado tiene todas las demás cosas de la tierra por hiel y ajenjo. Y así como los que tienen regaliz en la boca reciben de ella una dulzura tan grande, que no sienten ni hambre ni sed, así también aquellos a quienes Dios ha dado este maná celestial de las suavidades y de las consolaciones exteriores, no pueden desear ni recibir los consuelos del mundo, a lo menos para entretenerse y complacerse en ellos. Estas suavidades son un pequeño anticipo de las suavidades inmortales, que Dios da a las almas que le buscan; son los confites que da a sus hijitos para atraérselos; son aguas cordiales que les ofrece para confortarlos; y son también como ciertas arras de las recompensas eternas.
Se dice que Alejandro Magno, navegando en alta mar, descubrió antes que nadie la Arabia Feliz, por la suavidad de los aromas que el viento le llevaba, con lo que se animaron él y sus compañeros. De la misma manera nosotros recibimos, con frecuencia, en este mar de la vida mortal, dulzuras y suavidades que, sin duda, nos hacen presentir las delicias de la patria celestial, a la cual tendemos y aspiramos.
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