Parte 4 · Capítulo 14
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
DE LAS SEQUEDADES Y ESTERILIDADES ESPIRITUALES
Tramo 1 de 7
Muy amada Filotea, cuando sientas consolaciones te conducirás de la manera que acabo de decirte; pero este tiempo tan agradable no durará siempre, sino que más bien te ocurrirá que, alguna vez, de tal manera te verás privada y desposeída del sentimiento de la devoción, que tu alma te parecerá una tierra desierta, infructuosa y estéril, sin un solo sendero ni camino para llegar a Dios, y sin una gota de agua de gracia que pueda regarla, a causa de las sequedades, que, según te parecerá, la convertirán en un desierto. ¡Ah, que digna de compasión es el alma que se encuentra en este estado, sobre todo cuando este mal es vehemente! Porque entonces, a imitación de David, se derrite en lágrimas, día y noche, mientras que, con mil sugestiones para hacerla desesperar, el enemigo se burla de ella y le dice: « ¡ Pobrecita! ¿Dónde está tu Dios? ¿Por qué camino le podrás encontrar? ¿Quién podrá jamás devolverte el gozo de su santa gracia?» ¿Qué harás, pues, Filotea, en este estado? Examina de donde procede el mal: con frecuencia somos nosotros mismos la causa de nuestras esterilidades y sequedades.
1. Así como una madre no quiere dar azúcar a su hijito que padece de lombrices, así Dios nos quita los consuelos cuando, entregándonos a ellos con vana complacencia, somos propensos a las lombrices de la vanagloria. «Bien está, joh Dios mío!, que me humilles, porque, antes de que fuese humillada, te había ofendido».
2. Cuando no tenemos cuidado de recoger las suavidades y las delicias del amor de Dios a su debido tiempo, las aparta de nosotros, en castigo de nuestra pereza. El israelita que no cogía el maná muy de mañana, no podía hacerlo después de la salida del sol, porque lo encontraba derretido.
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