Capítulo 35
Camino de perfección · Santa Teresa de Jesús
Acaba la materia comenzada con una exclamación al Padre Eterno
Tramo 3 de 4
3. Pues, Padre santo, que estás en los cielos, ya que lo queréis y aceptáis -y claro está no habíais de negar cosa que tan bien nos está a nosotros-, alguien ha de haber -como dije al principio- que hable por vuestro Hijo, pues Él nunca tornó de Sí. Seamos nosotras, hijas, aunque es atrevimiento, siendo las que somos. Mas, confiadas en que nos manda el Señor que pidamos, llegadas a esta obediencia, en nombre del buen Jesús supliquemos a Su Majestad que, pues no le ha quedado por hacer ninguna cosa haciendo a los pecadores tan gran beneficio como éste, que quiera su piedad y se sirva de poner remedio para que no sea tan maltratado; y que pues su santo Hijo puso tan buen medio para que en sacrificio le podamos ofrecer muchas veces, que valga tan precioso don para que no vaya adelante tan grandísimo mal y desacatos como se hacen en los lugares adonde estaba este Santísimo Sacramento entre estos luteranos, deshechas las iglesias, perdidos tantos sacerdotes, quitados los sacramentos
4. Pues ¡qué es esto, mi Señor y mi Dios! O dad fin al mundo, o poned remedio en tan gravísimos males; que no hay corazón que lo sufra, aun de los que somos ruines. Os suplico, Padre Eterno, que no lo sufráis ya Vos; atajad este fuego, Señor, que si queréis, podéis. Mirad que aún está en el mundo vuestro Hijo; por su acatamiento cesen cosas tan feas y abominables y sucias; por su hermosura y limpieza no merece estar en casa adonde hay cosas semejantes. No lo hagáis por nosotros, Señor, que no lo merecemos; hacedlo por vuestro Hijo. Pues suplicaros que no esté con nosotros, no os lo osamos pedir: ¿qué sería de nosotros? Que si algo os aplaca, es tener acá tal prenda. Pues algún medio ha de haber, Señor mío, póngale Vuestra Majestad.
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