Santos Apóstoles · Kindle

Capítulo 2

Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús

La muerte de su madre

Tramo 11 de 17

Letra pequeñaMedianaGrande

Siempre que se trataba de Santa Teresa, se inclinaba mi padre hacia mí, diciéndome al oído: Escucha bien, reinecita mía; hablan de tu santa Patrona. Yo escuchaba, en efecto, pero confieso que miraba más a menudo a mi padre que al predicador. ¡Me decía tantas cosas su hermosa fisonomía! Llenábansele a veces los ojos de lágrimas, y en vano procuraba contenerlas. Cuando escuchaba las verdades eternas, diríase que no habitaba ya en la tierra; su alma parecía arrobada en otro mundo. Mas ¡ay!, muy lejos estaba su carrera de llegar al término; largos y dolorosos años debían transcurrir todavía antes que el hermoso cielo se le abriera y enjugara el Señor con su divina mano las lágrimas amargas de su fiel servidor.

Volviendo a mi día del domingo, recuerdo que pasaba esta alegre fiesta rápidamente, pero con cierto dejo de melancolía. Nada turbaba mi felicidad hasta el Oficio de Completas; en esta hora un sentimiento de tristeza embargaba mi alma; pensaba que el día siguiente habría de empezar otra vez la vida ordinaria: trabajar, estudiar las lecciones; sentíase mi corazón desterrado en el mundo, suspirando por el descanso del cielo, por el domingo sin ocaso de la verdadera patria.

Antes de regresar a los Buissonnets, mi tía nos invitaba, una tras otra,a pasar la tarde en su casa, y muy contenta estaba yo cuando me tocaba el turno. Escuchaba con grandísimo placer cuanto decía mi tío; sus conversaciones serias me interesaban mucho, no sospechando él de seguro la atención que a ellas prestaba. Pero cuando me sentaba en una de sus rodillas y cantaba con voz potente “Barba Azul”, mezclábase mi alegría de terror.

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