Capítulo 2
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La muerte de su madre
Tramo 7 de 17
Me parece no haber dicho que durante mis paseos diarios, tanto en Lisieux como en Alenzón, llevaba limosnas muy a menudo a los pobrecitos. Un día vimos a un pobre viejo que se arrastraba trabajosamente con unas muletas, me acerqué para darle mi monedita mas él, fijando en mí una mirada intensa y triste, sacudió la cabeza con dolorosa sonrisa y rehusó mi limosna. No puedo explicar lo que pasó en mi corazón. Yo deseaba consolarle, aliviarle, y en vez de esto, tal vez acababa de humillarle, de darle pena. Sin duda adivinó mis pensamientos, pues le vi luego volver a sonreírme de lejos... Como mi buen padre acababa de comprarme un pastel, entraronme entonces grandes deseos de correr tras el anciano y dárselo pensando: No ha querido dinero, pero seguramente aceptaría un pastel. A pesar de esto, no sé qué temor me retuvo; estaba tan apenada que casino podía contener las lágrimas. Acordeme por fin de haber oído decir que el día de la Primera Comunión se alcanza cuanto uno pide, y esta idea me consoló al punto pues aunque no tenía más que seis años, pensé: Rezaré por mi pobre el día de mi Primera Comunión. Cinco años más tarde cumplí fielmente mi resolución. Siempre he creído que mi infantil plegaria por aquel miembro dolorido de Nuestro Señor fue bendecida y recompensada.
A medida que crecía, amaba más a Dios; y muy a menudo le ofrecía mi corazón, sirviéndome de la fórmula que me había enseñado mamá; me esforzaba en agradara Jesús en todas mis acciones, poniendo especial cuidado en no ofenderle jamás. A pesar de ello, cometí un día una falta digna de ser referida en este lugar, porque es para mí causa de mucha humillación, y creo haber tenido de ella contrición perfecta.
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