Santos Apóstoles · Kindle

Capítulo 2

Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús

La muerte de su madre

Tramo 8 de 17

Letra pequeñaMedianaGrande

Era en el mes de mayo de 1878. Considerándome Vuestra Reverencia demasiado pequeña para asistir a los ejercicios del mes de María, todas las tardes, hacía mis devociones en casa, junto con la nodriza, ante un altarcito que arreglaba yo a mi gusto. Era todo tan pequeñito, los candelabros, los floreros, etc., que bastaban dos fósforos para alumbrarlo perfectamente. En ocasiones, me daba Victoria la sorpresa de traerme dos verdaderos cabos de vela para que durase más mi provisión de fósforos, pero esto era muy contadas veces.

Nos disponíamos una tarde a rezar. ¿Quieres empezar el “Acordaos” mientras yo enciendo?, le dije. Hizo ademán de empezar, pero me miró y se echó a reír muy alto... Yo veía consumirse rápidamente mis preciosos fósforos, por lo que le supliqué otra vez dijera muy pronto el “Acordaos”. A pesar de todo, ¡el mismo silencio! ¡las mismas carcajadas! Entonces, al colmo de la indignación, me levanté, y saliendo de mi habitual mansedumbre, di con el pie en el suelo con toda mi fuerza y le grité: ¡Eres muy mala, Victoria! A la pobre muchacha se le heló la risa en los labios, me miraba muda de extrañeza, y me mostraba, aunque por desgracia demasiado tarde, los dos cabos de vela escondidos debajo de su delantal. Después de haber llorado de cólera, tomé la firme resolución de no volver a hacerlo jamás.

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