Capítulo 3
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La enfermedad y la sonrisa de María
Tramo 12 de 13
De repente se animó la imagen; la Virgen Santísima tornóse hermosa, pero de una hermosura tan divina, que jamás encontré palabras para describirla. Su rostro respiraba inefable dulzura, bondad, ternura; pero lo que me penetró hasta el fondo del alma fue su hechicera sonrisa. En aquel mismo instante se desvanecieron todas mis penas, y dos gruesas lágrimas brotaron de mis ojos deslizándose silenciosamente... ¡Ah, eran lágrimas de purísimo gozo celestial! La Santísima Virgen se ha acercado a mí; me ha sonreído. ¡Qué feliz soy!, pensé yo. Mas no lo diré a nadie, porque esto haría desvanecer mi felicidad. Volví luego la vista, y sin ningún esfuerzo, reconocí a mi querida María; me miraba con amor, parecía hondamente conmovida, como si sospechase el gran favor que acababa yo de recibir.
Indudablemente que a ella y a su conmovedora plegaria, debía yo la gracia incomparable de la sonrisa de la Santísima Virgen. Al ver mi mirada fija en la bendita imagen, dijo para sí: ¡Teresita está curada! ¡Sí, la florecita iba a renacer a la vida; un rayo luminoso de su dulce sol, la había recalentado y librado para siempre de su cruel enemigo! “Pasó el sombrío invierno cesaron las lluvias”. y la flor de la Virgen se fortaleció de tal manera, que cinco años después se abría lozana en la fértil Montaña del Carmelo.
Según dije ya, María tenía la certeza de que la Virgen al devolverme la salud me había concedido alguna gracia secreta; de modo que cuando me encontré sola con ella, no pude resistir a sus preguntas. Sorprendida de ver descubierto mi secreto sin que yo hubiera dejado escapar una sola palabra, se lo confié enteramente.
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