Santos Apóstoles · Kindle

Capítulo 4

Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús

Primera comunión y confirmación

Tramo 15 de 21

Letra pequeñaMedianaGrande

Habiéndose enterado el padre de que en el camino por donde ha de pasar su hijo hay una piedra peligrosa, toma la delantera y la quita, sin ser visto de nadie. Ciertamente que si su hijo, objeto de tan previsora ternura, ignora la desgracia de que le ha preservado la mano paterna, no le demostrará agradecimiento alguno, ni le amará tanto como si le hubiera curado de una herida mortal. Pero si después lo descubre todo, ¿no lo querrá mucho más? Pues bien: yo soy este hijo, objeto del amor providente de un Padre que “no ha enviado a su Verbo para rescatar a los justos, sino a los pecadores”. Quiere que le ame porque me ha perdonado, no mucho sino todo. Sin esperar a que le ame mucho como la Magdalena, me ha dado a conocer la inefable previsión con que El me amó, a fin de que ahora le ame con locura.

Muchas veces he oído en los ejercicios espirituales y fuera de ellos, que no se había encontrado alma pura que amase tanto como el alma arrepentida. ¡Ay, cómo quisiera desmintir estas palabras!

Pero me he apartado mucho de mi asunto; ya no sé exactamente dónde reanudarlo...

Durante el retiro para mi segunda comunión, me vi asaltada por la terrible enfermedad de los escrúpulos. Hay que haber pasado por este martirio para comprenderlo bien. Imposible me sería decir cuánto sufrí por espacio de unos tres años; mis menores pensamientos y acciones eran para mí ocasión de perturbación y angustia. No encontraba alivio sino confiándolo todo a María, lo cual me costaba mucho, pues me creía obligada a manifestarle absolutamente todos mis pensamientos, aun los más extravagantes. Después de haberme descargado de aquel peso, disfrutaba de un momento de paz; mas pasaba ésta como un relámpago, y comenzaba otra vez mi martirio. ¡Oh, Dios mío!, cuántos actos de paciencia obligué a hacer a mi querida hermana.

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